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Planos lejanos que expanden la vista, se abren al cielo y focalizan lugares icónicos, como "La Cumbre", con su Ermita y el colorido vuelo de los parapentes; la dibujada población de Piscila, a la que podemos llegar paseando a caballo por el serpenteante río "El Salado", disfrutando de los sonidos y movimiento del agua sobre las rocas, calmo y ligero algunos meses, fuerte y vigoroso en otros.

Uno de los atractivos más importantes, lo constituye su ambiente interior, fresco y airoso, rico en sonidos, que invita al descanso, a la contemplación y reencuentro interior, pero también nos invita al movimiento, a recorrer la rivera del arroyo que nace de un manantial, apenas a 250 metros; entrar a sus pozas, ya sea de un salto por las sogas que penden de un árbol, recibir un masaje con la fuerza de variadas caídas o permitir que pececitos nos besen los pies; o detenernos a leer un libro dentro del jardín circular de las ruinas de un antiguo cuarto de bombeo de agua, bajo la higuera que se ha fusionado a la piedra con el tiempo.

Y finalmente, bajar y recibir la brisa de "la cascada", caída de más de 15 metros de altura, premio mayor del recorrido y privilegio permitido sólo a los que, "como guardianes cuidamos de un pedacito de cielo en la tierra".

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